18 September 2010

Día 1: Todo cartel pasado fue mejor



Miramos y remiramos el cartel de la 58 edición del Zinemaldi y nos resulta tan gris e inoportuno como el día. “¿Quién narices es esta petarda?” parecen corear con sus ojos desde el resto de las mesas. “Echo de menos los carteles de los 90” pronuncio entre sorbo y sorbo de mi té verde. Me miras intentando recordar, pero eras demasiado joven.
De aquellos años de post-adolescencia, en las que sólo observaba el festival a través de la verja de seguridad, recuerdo los carteles y las estrellas, no las películas. Las películas llegaron después, en los dosmiles, con los carteles horrendos. ¿Tan difícil es tener las dos cosas?

La crisis parece haberse cebado mucho más con el Zinemaldi que con sus ilustres hermanos Berlín, Cannes y Venecia. Pero es que el año pasado inauguraron la edición Brad Pitt y Tarantino con sus Inglorious Bastards y ese listón será muy difícil de superar. No, no habrá apenas figuras consagradas ni grandes estrellas, de esas que dan peso, vidilla y glamour a un festival. El presidente del jurado de Cannes fue Tim Burton, el de Venecia Tarantino. El nuestro es Goran Paskaljević. La alfombra no es roja, ni rosa chicle, sino negra. “Uy, pues el negro es más difícil de limpiar” sentenció mi tía al conocer la noticia.

Voy a por más azúcar para mi té. Normalmente, el premio Donostia es un refuerzo, un "pues ya que vienes..." a la estrella que estrena una película en Europa. Come, reza, ama es la excusa de Julia Roberts “porque está de capa caída” añades. Sonrío.
Migajas. Este año resulta más evidente que nunca que las películas de la sección oficial son como los niños que acaban siendo escogidos los últimos en los equipos de gimnasia. De entrada, únicamente John Sayles (gran amigo del Zinemaldi) sobresale de entre el resto.

Acaba el break entre mi película y tu corto. “Sólo a ti se te ocurre inaugurar el festi con una peli ya estrenada” me dices con la mirada. Es cierto. ¡Que le den a Polanski, mi Zinemaldi aún no ha empezado!. En esta edición, todo puede pasar todavía. Las buenas pelis pueden llegar, los buenos carteles, ya no. Esta noche, para compensar el mal sabor de boca, tiraremos de nostalgia y de odiosas comparaciones, hasta que llegue mañana...

Carteles que me marcaron:












02 September 2010

My favourite chocolates

Teniendo en cuenta las pasiones y encendidos debates que dentro y fuera del blog ha levantado la actualización de los mejores eye candy del cine, y ante la presión de cierto blogero resentido, he decidido, con todo el dolor de mi corazón (¡juas!), dedicar una entrada a algunos de mis chocolate eyes favoritos. La elección ha sido facilísima. Y es que entre mi top de bellezones, salvo alguna excepción, siempre han abundado más los ojos oscuros que los claros, qué le vamos a hacer....

No hay orden de preferencia. No quiero ni puedo elegir a mi favorito.





Rodrigo Santoro: o el cuerpazo tristemente desaprovechado de ojos tristes que siempre será una de las grandes incógnitas de cierta famosa y recién acabada serie. Si yo hubiera sido Laura Linney en Love actually, no le habría dejado escapar...





Adam Brody:
el chico mono con el que, en versión patria, deseas cruzarte todos los días al doblar cualquier esquina, y prestarle un libro, llevártelo al cine, compartir con el tus últimos descubrimientos musicales...





Matthew Fox: ejemplo perfecto de cuarenteño de muy buen ver. Nadie sabe con certeza el color de sus ojos. A veces son marrones y otras verdes. Puede que el misterio se resuelva en los extras del pack de las 6 temporadas de Lost. Hasta entonces, seguiremos sintiendo una envidia nada sana por Kate...





Josh Hartnett: puede gustarte o no como actor, pero sus 1’90 cm de hot stuff dejan sin aliento. Sólo él podía padecer el peinado paje de Las vírgenes suicidas y seguir estando guapo.
Quien le ha visto llevando únicamente una toalla violeta durante la mitad del metraje de El caso Slevin, nunca lo olvida...





Daniel Brüll: o el chico guapo que actúa como si no lo fuera. Sencillo y encantador dentro y fuera de la big screen, tiene un no-sé-qué-qué-se-yo que me hipnotiza. ¿Será su poliglotismo? ¿Será su boca?





James Franco: ha sido el enamoradísimo Tristan, James Dean, el enemigo de Spiderman y el gran amor de Harvey Milk, pero siempre deja con la sensación de que lo mejor de él está por llegar. Las chicas que frecuentaban la hamburguesería donde trabajaba opinaban lo mismo. Por eso siempre volvían con la excusa de que se habían olvidado algo...





Christian Bale: lo conocí en El imperio del sol cuando tenía la misma edad del chavalín que interpretaba y me chifle por él. Luego fue creciendo en todos los sentidos de la palabra y acabó convirtiéndose en uno de mis actores favoritos. Últimamente parece que ha perdido un poco el norte, pero no pierdo la fe de que vuelva a casa como el prota de su primera película...





Johnny Depp: el actor fetiche de Tim Burton lo tiene todo para estar en cualquier top de actores (y no sólo de los más guapos). Lo quise cuando tenía tijeras en lugar de manos, cuando fue el peor director del mundo, cuando lucía rimel piratil como nadie y cuando enamoraba a Bardem en Antes que anochezca como travesti y a lo loco... y algo me dice que lo seguiré queriendo...






Keanu Reeves: o mi amor platónico en la adolescencia. Antes de la era botox este guapísimo y exótico señor nos hizo muchos regalos y no sólo para la vista. El Neo de Matrix, el policía de Speed, el maloso resentido de Mucho ruido y pocas nueces, y el mejor de todos: el chapero de Mi Idaho privado. Aitana Sánchez Gijón le llamaba "soso de cojones" en el rodaje de Un paseo por las nubes y él repetía “sousou de coujounes”. Aisss...





Jim Sturgess: tal vez, mi chico favorito. Y es que de él me gusta todo: sus corbatas, su look, su pelo, su mirada picara, sus andares... aunque puede que lo que realmente me enamorara fuera su versión de I’ve just seen a face en Across the universe.
Se va haciendo un hueco en Hollywood sin prisas, a base de buenas críticas y mucha simpatía y sencillez. ¡Jim, por el amor del Dios, ven al Zinemaldi!


***





P.S. Mr McAvoy, prometo compensar su imperdonable ausencia en mi ranking de ojos bonitos viendo 74 veces seguidas la escena de la playa de Expiación. ¿Cómo he podido olvidar sus ojazos azul eléctrico? ¿Cómorr? Please, don’t hate me!

P.S.2. ¡Pasen por la encuesta de la mejor peli del verano! ;)

23 August 2010

My favourite "Eye Candy"

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no vamos a hablar de los actores más talentosos, ni de los más excéntricos, solidarios, guapos o interesantes al otro lado de la pantalla. Hoy toca recrearse, simplemente, en los mejores ojos actoriles masculinos.
Abran sus globos oculares y dispónganse a realizar su propia lista ;)





10. Gaspard Ulliel.
Este último puesto del top, se lo disputaban seriamente Robert Redford, Daniel Day-Lewis y Viggo Mortensen, y aunque la balanza se inclinaba a favor de este último, finalmente su actitud pro-taurina lo ha desbancado. Sin embargo, mientras volvía a la duda hamletiana, me he topado con esta foto de Gaspard Ulliel y .... ¿de qué estábamos hablando?





9. Gael García Bernal.
Si el verde más penetrarte (a este y al otro lado del río) de los magnéticos ojos del señor Bernal no se hubiera incluido en este top... la autora de este blog habría pecado de muy mala educación.





8. Jonathan Rhys Meyers.
El morbo personificado en una mirada ambigua que sabe ser inquietante pero también irresistiblemente tierna cuando le da la gana. A pesar de los pesares, habría sucumbido a ella cuando jugaba a tenis con Woody Allen, pero en Los Tudor da tanto miedo que lo quiero lejos, muy lejos. A siglos de distancia...





7. Elijah Wood.
Érase unos ojos a un hombre pegados, érase una mirada marina superlativa... Los que le conocen aseguran que, a pesar de tenerlos increíblemente grandes y expresivos, sus ojos no le funcionan muy bien. Desde el otro lado de la big screen, quienes lo hemos visto crecer, no nos hemos dado cuenta...





6. George Peppard.
Su personaje de Paul Varjak en Breakfast at Tiffany’s (especialmente la mirada con la que observa a Audrey Hepburn cantando Moon River), ha conseguido lo imposible: que me olvidara de sus comentarios sexistas, machistas y racistas, y de lo mucho que en los 80 le encantaba que los planes salieran bien...





5. Ralph Fiennes.
Toque la tecla que toque (y sabe tocar muchas), su melodía suena intensa, turbia o, incluso, amenazadora. Con Mr Fiennes siempre tenemos garantizado un viaje en primera clase al lado oscuro, aunque nunca sabemos con certeza si podremos volver de una pieza. ¿Será eso lo que hace su mirada tan sexy?





4. Ian Sommerhalder.
Hay miradas tan profundas que transmiten la sensación de que podrías arrojar una piedrecita dentro de ellas, y que esta seguiría hundiéndose irremediablemente sin llegar a tocar fondo. La del ex lostie reconvertido en vampiro es una de ellas. No me extraña que Locke insistiera en revivirlo en sus sueños...





3. Montgomery Clift.
Quienes dicen que la voz es lo único que no miente, nunca han conocido a Monty. Ni el método, ni el mejor especialista en maquillaje, habrían podido disimular en su mirada ese alma rasgada, doliente y atormentada que exhibía en cada fotograma. Observándolo, casi se siente uno voyeur o, peor aún: un policía mirando a través de la traicionera ventana oscura de los interrogatorios...






2. Jared Leto. Actor, músico, cantante, vegetariano, solidario, guapo, pelo revolvible... ¿No le bastaba con eso para resultar arrebatador?. Al parecer, no. ¿Recuerdan la escena de Memorias de una geisha en la que se le enseña a la protagonista a parar a un hombre en seco con una sola mirada? Yo creo que con esos ojazos out-of-this-world que el hada buena le ha dado, Jared podría parar incendios, sequías, huracanes, terremotos o lo que le diera la gana...




1. Paul Newman. Un buen día, una estatua griega se reencarnó en un mortal, dotándolo, no sólo de toda su anatómica y cincelada perfección, si no que, además, le regaló unos ojazos tan desarmantes, que, en su presencia, no había criatura que pudiera evitar que le temblaran las piernas. Mr Blue Eyes, era (y es) de esos hombres tan, tan, taaan guapos, que harían dudar de su sexualidad hasta al mismísimo Testosteróneo Man.


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02 August 2010

Los 3 peores momentos que he pasado en el cine



Todo cinéfilo tiene su colección particular de “Holocaustos caníbales” vividos dentro, detrás y alrededor de la pantalla grande. Hagámos memoria: Castañas pedantes infumables, patochadas sólo aptas para concursantes de Hombres, mujeres y viceversa, niños (y no tan niños) con incontinencia verbal, roncators-tenores, chuche-escandalosos, acompañantes-comentaristas, climatizaciones sádicas, subtítulos inseguros (o directamente fantasma), parejas que han olvidado que no están en la sala de su casa, síndrome de la palomita rancia, copias de films que parecen haber pasado previamente por las manos de Freddy Krueger, paudoneses en el asiento de enfrente, pateadores profesionales, codo-acaparators, boicoteadores de desodorantes, ubicuators o esos que van compulsivamente al baño o se mueven en su asiento como si tuvieran síndrome de Tourette...

Sin embargo, cuando pienso en mis peores momentos como espectadora, casi siempre quedan excluidos actores secundarios, figurantes, dirección artística, fotografía y demás. Todo se reduce al guión, al director y al protagonista principal.

Este es mi Top 3 de momentos horrendos vividos en la sala de cine ordenados biográficamente.


1 * ¡Quiero ir a mi caaaaaaaaaaaaaasa!

Con 7 años era la única niña del colegio que aún no había visto E.T. Ese esperado sábado llegó cuando todos sus protas ya eran adictos a todas las sustancias habidas y por haber, pero me daba igual. Me sentía tan contenta, que ni siquiera el hecho de que mi madre no pudiera acompañarme menguó mi entusiasmo. No podía esperar ni un día más. Si quería ver al extraterrestre, vería al extraterrestre. Recuerdo que la mamma me llevó de la manita hasta una de las primeras filas, me sentó a un asiento del pasillo y me dijo “no te muevas de aquí. Cuando acabe la película, estaré esperándote fuera”. Y así lo hice. De hecho, fui tan asquerosamente obediente, que ni siquiera el jirafo que se sentó delante me animó a cambiarme de asiento. Pero la tortícolis no fue lo más aterrador de todo. En mi primera incursión como espectadora, todo se magnificaba y dejaba huella en mi tierno cerebro esponjil. Sentía una extraña mezcla de emociones y sensaciones varias que no había sentido hasta entonces. Supongo que argumentalmente no entendí nada y que lo poco que pude entender me produjo un inquietante terror paralizante, desde la disección de las ranas, pasando por la operación a vida o muerte de E.T. y acabando con su humillante borrachera zíngara. Y mientras el prota gritaba “¡mi caaaasa!” yo miraba al vacío asiento de al lado, esperando que mi madre brotara de él cual Cat Woman, me llevara a mi ídem y me explicara porque aquel extraño ser cuellilargo era tan plasta.

Cuando acabó el mítico film y los niños salieron en estampida de la sala, todos mis síntomas eran los típicos del estrés post-traumático. Y aunque durante un tiempo la idea de volver al cine me aterrorizaba, recuerdo que un regusto de fascinación fue poco a poco tiñendo aquel amargo recuerdo. ¿Qué era eso que tenía el cine que tenía tanto poder sobre mi? ¿por qué, a pesar de la mala experiencia, me despertaba tanta curiosidad? ¿Y si volvía a intentarlo?

[To be continued... ]





P.S. ¡Que cosas! Con lo tienna y entrañable que me resulta la spielberiana película ahora...



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