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16 October 2017

Blade Runner 2049: ¿Juegan los androides con canes eléctricos?



[Todo lo que escriba puede ser utilizado en mi contra dentro de 35 años]

2019 (y muchas lágrimas en la lluvia después)

Cuando se estrenó Blade Runner, hace 35 años, un considerable número de crític@s la masacró sin piedad. A este lado del charco, Diego Galán, crítico de cine y futuro director del Zinemaldia, la calificó como “historieta pretenciosa”, y añadió “me parece en ocasiones un spot televisivo que una película hecha seriamente”. No fue el único en considerarla pretenciosa y vacía. Sin embargo, hoy día, solo algún/a millennial pedante se atrevería a ponerle pegas o a despojarla de la etiqueta de “obra maestra” (yo misma necesité más de un visionado durante mi adolescencia para enamorarme irremediablemente de ella).

Lejos de mi intención equiparar el impacto y la trascendencia de la original con su recién estrenada secuela, pero tras una semana rumiándola (obsesivamente), lo único que tengo claro es que necesito más visionados y un DeLorean para tener la suficiente perspectiva como para hacerle justicia. Es imposible ver el film de Villeneuve sin las expectativas infladas y/o las garras de Wolverine muy afiladas. Al fin y al cabo, (casi) tod@s la queremos mucho y, a estas alturas, ya hemos visto demasiadas naves en llamas más allá de Orión.




2049

En esta reinvención/continuación/evolución de la mitología Blade Runner, nos encontramos con un planeta ya definitivamente devastado tras los efectos del calentamiento global + gran apagón digital, en los que la naturaleza y (¿todos?) sus habitantes no humanos han sido eliminados, mientras que la civilización, por otra parte, ha sufrido un retroceso a casi todos los niveles y se muestra irremediablemente condenada. El terrorífico y postapocalíptico panorama la emparentaría con La Carretera de McCarthy, sino fuera por la aparición de un gurú (nuevo dueño, además, de la Tyrell Corporation), capaz de crear cosechas sintéticas y, de este modo, salvar a la humanidad temporalmente de la extinción (Vemos “granjas de proteínas” o criadores de gusanos, una solución especista e innecesaria, que parece querer subrayar la humillación antropocentrista de un ser humano que tiene que rebajarse a comer al único ser que podría sobrevivirle).




Y en este familiar, opresivo y decadente clima de degradación humana, siguen existiendo nuevas versiones de ell@s, los nexus, esclav@s cuasi perfect@s diseñad@s para convertirse en versiones mejoradas de los humanos en (casi) todos los aspectos  (que en esta versión adquiere interesantes matices darwinistas). Ell@s se encargan de todo lo que nosotr@s no queremos hacer, e  incluso, de “retirar”, paradójicamente, a individuos de su propia especie mediante policías llamad@s blade runners (Y todo, sin fecha de caducidad). Mediante el viaje emocional y vital de uno de estos blade runners, el agente K (soberbio Ryan Gosling), encontramos, casi, la misma ruta filosófico-humanista-existencial del film del 82, pero ampliada, desarrollada y actualizada (si con acierto o de forma superficial, depende del criterio de cada espectador/@). 




Opinión

Blade Runner 2049 es una delicia sensorial, un espectáculo visual, artística y técnicamente exquisito y apabullante, eso es innegable. Por lo tanto, quienes planeen verla en pantalla pequeña, por el motivo que sea, deberían replantearse esa opción, además de su supuesta cinefilia (allá vosotr@s si no queréis quedaros sin aliento).
En el plano interpretativo brillan absolutamente tod@s, especialmente Silvia Hoeks (descubrimiento y el mejor y más definido personaje femenino, en mi opinión), Ford (ojo a la escena interrogatorio) y (suspiro) Gosling, cuya elección como replicante deprimido con crisis de identidad no podría entusiasmarme más.

Los contras no tienen tanto que ver con el ritmo plomizo (básicamente, igual que el de la primera parte), el “excesivo” metraje (cuando acabó me quedé clavada con un “¿ya está?” en la butaca), o con la falta de una soundtrack que haga justicia a su dirección artística y fotografía prodigiosas (Vangelis, I miss you!), sino con algún cuestionable y caprichoso giro de guión que no desvelaré y lo desaprovechado de algún personaje (Hello, Niander Wallace!).




Que este futuro distópico este profundamente hipersexualizado no es una sorpresa. Sin embargo, llama poderosamente la atención que se subrayen en los personajes femeninos, básicamente y de forma insistente, el rol de madre y el de geisha (no, Ana de Armas está estupenda, pero esa Her/Criada/Chica-para-todo complaciente y unidimensional no mola nada y solo existe para definir y exteriorizar los pensamientos/sentimientos de K y ampliar su arco dramático). L.A vende sexo por todos sus rincones, desde las calles hasta los monumentales hologramas, pero todas esas ofertas, TODAS, vienen de la mano de mujeres y solo son ellas las que se desnudan y sexualizan en el film.

Aunque en un primer momento lo interpreté como un imperdonable muestra de sexismo por parte de su guionista y director, ahora quiero pensar (¿autoengaño?) que este subrayado de todas las formas de explotación hacia la mujer tienen una intencionalidad de denuncia coherente con el discurso del film (Al fin y al cabo, la humanidad ha sufrido un retroceso brutal y las libertades y derechos sociales no son una excepción).




También llama una atención la hetero-homogeneidad sexual del film ante la que es difícil no preguntarse: ¿Por qué no hay hologramas de hombres desnudos? ¿Es que los hombres no pueden ser objetos sexuales en las distopías? ¿dónde están los personajes gays? ¿No se supone que el futuro es bisexual? Una crítica aseguraba muy lúcidamente que “aún no hay formas de encajar ciertas narrativas no heterohegemónicas sin que resulte forzado”. Es una “food for thought” que, enlazada con la hipótesis anterior, explicaría por qué la mayoría de las historias de ciencia ficción (o no) que nos llegan parecen dirigidas por Vladimir Putin, pero a mí, personalmente, me habría encantado conocer, por poner un ejemplo, a un agente K bisexual.




Conclusión

Blade Runner 2049 es un magnético, sugerente, elegante e imperfecto cuento visual, que prefiere susurrar/introyectar ideas a través de unas poderosísimas imágenes que ofrecer respuestas claras (imágenes que, posiblemente, acaben formando parte del inconsciente colectivo). Narrativamente más sutil y menos lírica que su predecesora (no por ello fría, como he leído en varias críticas),  contiene, a pesar de todo, suficientes elementos como para poseer entidad y personalidad propias y justificar su existencia. ¿Se perderá en el tiempo como copos de nieve sobre los rostros? Yo apuesto que no, pero solo nuestros yo del futuro tienen la respuesta.
   



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05 March 2017

Piloto de Legion: A “beautiful mind”




Aunque descubrí la nueva serie de Noah Hawley (Fargo) hace poco más de una semana, el hype sobre Legion comenzó en la última Comic Con. “Tiene demasiada buena pinta para ser verdad” pensé en aquel momento, pero con el piloto visto y (casi) digerido, puedo afirmar que no sólo está a la altura de las expectativas, sino que, probablemente, incluso, las supera.




Todo gira en torno a David Haller, nada más y nada menos que el hijo de Charles Xavier y, probablemente, uno de los mutantes más poderosos que ha existido jamás. Y ese punto de partida tan estimulante y desconocido para l@s no lectores de los comics X-Meniles, por ahora, parece ser el único vínculo en común con la saga cinematográfica de los famosos mutantes. Legion tampoco tiene nada que ver, ni en el tratamiento ni en el tono, con las series de superhéroes que conocemos (No hay nada de heroico en un mutante esquizofrénico paranoide y algo infantilizado que, psicopatologías a un lado, aún no sabe conscientemente que sus poderes son reales, y cuesta creer que en algún momento se le plantee el marronazo de salvar el mundo).




Legion se aleja de los cómics de Chris Claremont y Bill Sienkiewiczse para centrarse en la compleja y desquiciada psicología de David. Todo lo que vemos ocurre dentro su cabeza y mientras él no sepa qué es realidad y qué producto de alguna de sus, aparentes, muchas patologías, probablemente, el espectador tampoco. Por eso es una serie narrativamente confusa y exigente, que desafía (y desquicia) constantemente al espectador, por lo tanto, no es ni será para todos los paladares. Durante sus primeros minutos, mientras descubrimos a un muy confundido y alucinado David en su entorno habitual (un psiquiátrico en el que l@s enferm@s llevan chandals naranjas chic retro futurista a juego), un@ tiene la sensación de estar viendo un guión de Nolan, filmado por David Lynch, con estética de Wes Anderson e influencias kubrickianas (el hospital se llama Clockworks, guiño descarado al título original de La naranja Mecánica) y Gondryanas  de Eternal Sunshine of the Spotless  mind y un toque de 12 monos. Muy loco, muy surrealista y muy marciano todo.




Cada aspecto de este piloto resulta tan prometedor que abruma. Técnicamente es deslumbrante y todo parece cuidado y mimado al detalle, desde la fotografía, pasando por la banda sonora y acabando en el apartado interpretativo, con un genial Dan Stevens a la cabeza (nunca mejor dicho), poseedor de una penetrante mirada “acero azul” que ya quisiera para si el protagonista de Zoolander (tenía que decirlo); aunque también destaca una desquiciada y eléctrica Aubrey Plaza pulling a Brad Pitt en la mencionada 12 monos.




Aún es demasiado pronto para catalogarla como “seriaza”, pero confieso que no me sentía tan intrigada y enganchada tras un piloto desde cierta mítica serie creada por J.J.Abrams y Damon Lindelof. Si tan jugoso, innovador y fresco arranque se acaba convirtiendo en un “Lost interruptus”, la decepción puede ser sideral. In Noah Hawley we trust.




Os dejo con el tráiler subtitulado, aunque mi recomendación es que os asoméis a ella con la mirada menos spoileada posible ;)



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