
Mientras estudiaba en el bloque de apartamentos del edificio estudiantil más popular de Munich, Tomasz Emil Rudzik, descubrió que una especie de halo de melancolía y tristeza rodeaba a sus habitantes. Todos ellos se movían en pequeñísimos grupos, parecían muy solos y su mayor momento de intimidad, como diría Wong Kar-Wai en Chungking Express, eran situaciones forzadas, como los encuentros en los ascensores. Después de pasar una media de 8 horas diarias subiendo y bajando pisos, intercambiando saludos y estudiando a sus vecinos con paciencia de entomólogo, Rudzik ya tenía el argumento para su proyecto fin de carrera.
Desperados on the block es coquetuela, fresca, simpática y tiene el buen ritmo del que se suelen beneficiar las películas corales. Todos sus protagonistas son extranjeros en tierras germánicas. Uno es un sordomudo enamorado de una bibliotecaria a la que tiene miedo de declarar su amor por miedo al rechazo; otro es un tímido estudiante chino que se paga los estudios dando clases de matemáticas a lolitas malcriadas; y la tercera, es una estudiante de teología católica que decide romper, uno a uno, los diez mandamientos, a la espera de la señal definitiva que le confirme o le desmienta la existencia de Dios.

Perlas de otros festivales, I love you! Cuando descubrí que una película de mi sección favorita de Zabaltegi tenía por título No one knows about persian cats y que, además, estaba dirigida por Bahman Ghobadi, el director de Las tortugas también vuelan, mi gatofília y cinefilia unidas lo tuvieron claro: tenía que verla. Y es que nada que aluda a los fascinantes felinos puede ser malo.
Si en Seasons in the sun, much@s se sorprendieron al descubrir que los adolescentes chinos estaban tan perdidos (y salidos) como los del resto del planeta, en este film iraní, todos los prejuicios contra la juventud de este país saltan cual metralla abochornando al espectador. Si, esta película deja con un palmo de narices a quien espere ver una peli de Kiarostami, Samira Majmalbaf o escenas de crudeza y miseria descarnada. Aunque, eso sí, hay mucho drama.
Los géneros de este falso documental se suceden armónicamente. Te ríes, te enterneces, te reconoces, escuchas su música y, cuando menos te lo esperas, la realidad te golpea en los dientes. Y cómplice y sin defensas, es cuando el mensaje más contundentemente llega.
A la salida del cine, conmovida, melancólica, dispersa, tras haber puntuado con un notable alto la perlita que acababa de ver, un mimo se me acercó y me regaló un bolígrafo a cambio de una sonrisa.
* Deberes cinéfilos: tomarme una píldora para la invisibilidad cada vez que vea una peli con coloquio. Escuchar curiosidades varias del equipo de la peli es un regalazo, pero que las azafatas se paseen aburridas por entre las filas micrófono en mano ante las decepcionadas faces del director, productor y actor, es un bochorno. Se ve que en Donosti tampoco se pregunta...






